Relato autobiografico. Mi ingreso al CCH.

No hay nada mejor que los sentimientos que surgen después de los momentos más difíciles, te hacen ver las cosas de manera diferente y te hacen cambiar actitudes que no son del
todo correctas. Te das cuenta que hay más mundos afuera, diferentes al tuyo, por
un momento te sientes acompañado y seguro de ti mismo. Eso fue lo que me enseñó
mi ingreso al CCH. Viniendo de la ciudad de Córdoba, donde la educación es casi nula
y la sociedad es muy complicada, este logro fue para mí la entrada a nuevas experiencias, aprendizajes y la realización de nuevas metas. El proceso fue tan complicado que me marcó por completo. Todo comenzó una semana antes del día de año nuevo. Habíamos viajado a México mis hermanas, mi mamá y yo para visitar a toda la familia. Solo conozco a mi familia materna
y todos ellos viven desde tiempos remotos en la Ciudad de México así que cada Navidad,
día de Reyes o año nuevo, tenemos que viajar hacia la casa de los abuelos. Durante una cena familiar le había comentado a mi tía Angélica, sobre todo lo que me había pasado en los últimos dos años que no nos vimos. Debí haber dicho algo que a ella le impresionó mucho, porque cuando terminamos de hablar me miró fijamente y fue ahí donde me ofreció irme a vivir a México, cursar allí el bachillerato, salir adelante y apoyar a mi familia. Me contó las ventajas del sistema educativo en algunos planteles de la Ciudad de México. Fue difícil convencer a mi mamá, pero finalmente dijo que sí. Y en ese momento mis expectativas subieron, era lo que yo estaba buscando, oportunidades que me hicieran conocer perspectivas y formas de vivir diferentes. Quería experimentar otro tipo de aires, aunque fuera por un tiempo. Yo daría todo por pasar ese examen, estaba realmente idealizada.
Cuando llegó el día del registro tomé la computadora de mi abuelita, metí todos mis datos y antes de enviar todo, recibí un monólogo de media hora por parte de mi tía, fue un tanto dramático, pero me animó. 
Pasó año nuevo y yo me encontraba como loca buscando en YouTube algún canal donde explicarán los temas que iban a venir para el examen de Comipems. La cuarentena había provocado que las clases fueran en línea por lo tanto, los últimos dos años de la secundaria fueron un desastre. Mis profesores solo nos encargaban ver el programa de Aprende en casa, hacer un resumen y entregarlo diariamente. Con eso se sacaban de problemas y ya no tenían que darnos clases por zoom o meet. Fui por un tiempo mi propia maestra, ya que los verdaderos no contestaban ni los mensajes de texto, la educación que recibí no fue la adecuada. De pronto un día encontré en YouTube un canal llamado Editorial iknium. Era un profesor egresado del CCH Vallejo y se llamaba Manuel Hernández, explicaba muy bien los temas. Su lema era “Si el mundo no te acompaña, cambia tu mundo”. Ese profesor me hacía llorar cada vez qué subía un vídeo hablando sobre la inteligencia emocional. Sin saberlo me ayudó con mis problemas personales. Y aunque fuera a distancia, el sabía cómo acercarse a los adolescentes, tenía ese lenguaje que casi ningún profesor tiene.
Cada día me ponía a estudiar con el profesor Manuel Hernández al menos 5 horas 2 veces a la semana. No era muy constante porque me encargaban muchas tareas en la secundaria y desde la vez que me atrasé con una asignatura se me complicó todo. Tenía que salvar mi promedio y de paso mi conocimiento en algunos temas. El profesor Manuel me facilitaba las cosas, me explicaba todo desde cero y lo más importante es que te hacía sentir especial. Fue un momento muy estresante, pero tiempo después me fui adaptando a la situación. Hasta que el día 14 de febrero regresé a la Ciudad de Córdoba. Fue muy difícil tratar de mantener esa llama de entusiasmo. A mí parecer, cuando pasas por muchas cosas en un mismo lugar y de paso la vida te obliga a permanecer más años ahí, es casi imposible qué no te lleguen a
la mente esos malos ratos qué pasaste. Y ese era mi caso. A pesar de todas las malas experiencias que me había pasado en esa casa, estaba a punto de experimentar otro episodio qué me complicó todo al principio, aunque después vi el lado bueno y le saqué provecho.
Había perdido a una amiga muy especial. No era cualquier ser humano, me acompañaba a todas partes, me hacía feliz con tan solo verla jugar y aunque destrozaba todo lo que veía era de lo más hermoso verla divirtiéndose. Me contagiaba de sus impresionantes ganas de vivir, se llamaba Simba y era mi perrita. No era de raza pura, pero eso no es de importancia. Llegó a mis brazos el mismo día qué llegué de México, ella estaba en el patio trasero amarrada, pues había hecho muchos desastres. Inmediatamente la solté para que pudiera jugar con ella y cuando la miré me sentí tan especial, tenía la mascota más hermosa del mundo, me acerqué a ella y le dije qué sería mi compañera de toda la vida. Los siguientes meses fueron espectaculares. Aunque había noches donde me enojaba terriblemente con ella, poco después aprendí a amar su desorden. Durante los tres meses enfermó y tuvimos que llevarla al veterinario mi mamá y yo. Nunca le hicimos estudios, por lo tanto, nunca supimos con certeza que era lo que tenía. Le compramos el medicamento que la veterinaria nos recomendó. Y a las dos semanas empeoró, ya no podía caminar, tenía que obligarla a comer. Aún así me seguía a todas partes y aunque no aguantaba estar parada por mucho tiempo, hacía todo lo posible por llegar hasta donde yo estaba. Su ingenuidad le dio fuerzas para disfrutar sus últimos días. Hasta que el 2 de julio del 2021, un mes antes de presentar el examen de Comipems, falleció. Me despedí de ella. No quería dejarla ir, fue difícil. Tuve un sueño donde ella seguía viva y tenía de nuevo la oportunidad de protegerla. Me desperté y lloré por semanas. Hasta que una noche me acerqué a la ventana de mi cuarto miré hacia el cielo y como si ella me escuchará le prometí con todo mi corazón pasar el examen y dedicarle mis triunfos de ahora en adelante. En un mundo paralelo al mío sé que ella es feliz. Obtuve las fuerzas necesarias para poder seguir adelante y no dejarme llevar por los malos ratos que tenía.
Se acercaba el día del examen y dos días antes de presentarlo viajé con mi hermana a México. Estaba nerviosa, tuve varios episodios de ansiedad, no podía concentrarme y mis manos temblaban más de lo normal. Hasta que por fin llegó el 27 de junio. Me había quedado a dormir en casa de mi tía. A las 6 de la mañana del día siguiente salimos al lugar donde me tenía que presentar. No estaba muy lejos, había una multitud de padres y vendedores ambulantes afuera del plantel. Me tocó en la Universidad del Sur. No recuerdo bien el nombre, pero en realidad el plantel no estaba grande. Tampoco parecía una institución particular, por afuera parecía cárcel, pero por dentro en las paredes de los salones los colores vino y blanco lo hacían ver elegante. Las escaleras de color azul marino le daban un toque especial. Solo había una entrada así que no había problema, no me iba a perder. Me había tocado en el segundo piso, yo normalmente no soy claustrofóbica pero, ese día estaba realmente nerviosa, sentía que me ahogaba dentro del salón así que pedí permiso para ir al baño y pasearme por todo el plantel. Bajé las escaleras y vi a un hombre vestido con pantalones color café claro y blusa blanca, estaba como guía para que ningún chico se perdiera. Se me quedó mirando, creo que pensó que estaba perdida así que me acerqué a él y le pregunté que a qué hora exacta nos aplicaban el examen. Él me dijo que hasta las ocho, me dio su hora y apenas eran las 7, así que me propuso ir a perder el tiempo a la cafetería. Yo acepté, así que me encomendó con una chica que estaba vestida con pantalones de mezclilla y blusa blanca. Platiqué un rato con ella. Me llené de energía, todos ahí eran muy amables. El tiempo se fue como agua, tenía qué regresar. Fui al baño rápidamente, habían muchas chicas de todas las edades. Por primera vez había papel en los baños de una institución. Al terminar, salí corriendo hacia mi salón. Me había tocado con dos chicas un tanto mal humoradas; me dieron el paso y 10 minutos después, un aplicador del salón de al lado alzó la voz y dijo — ¡Es hora, chicos! —. Había comenzado, me sentía como en una competencia de atletismo cuando hacen sonar la chicharra y todos salen corriendo. Trataba de no olvidar lo que había aprendido y aunque algunas preguntas se me hacían difíciles, trate de elegir la respuesta más lógica posible. Terminé el examen 20 minutos antes de la hora final. Algo muy dentro de mí me decía que lo había logrado, así que salí del salón muy feliz. Me acordé que mi tía me dijo que la esperara en el 7/24 que estaba a un lado. La esperé casi una hora hasta que llegó por mí. Entré al coche y me interrogó como si hubiera cometido un crimen. No dejó de hacer preguntas hasta que llegué a la casa de los abuelos. No sabía que pensar, yo en verdad quería pasar ese examen. Tenía que esperar un mes entero para saber mi resultado final y eso sí era una tortura.
Llegó el día de los resultados y yo estaba llorando de los nervios. Él profesor Manuel Hernández nos había dicho que siempre sacaban los resultados un día antes, exactamente a las 11 de la noche. Yo no podía soportar un día más con la angustia. Así que tomé mi celular; tampoco me permitía tomar la computadora de mi abuelita ya que, iba a estar toda la familia de chismosa y lo que menos quería era escuchar sus palabras si es que yo no aprobaba el examen. Tomé mi celular entré a la página puse mis datos y rápidamente tapé la pantalla de mi celular. De reojo vi que definitivamente lo había pasado. Mis ojos empezaban a humedecerse y antes de qué las lágrimas se desplazarán por mi rostro, miré el resultado. Había quedado en el CCH Sur. Salté de emoción. Salí del cuarto corriendo y les conté a todos. Le marqué a mi mamá llorando y ella me felicitó. Fue un día especial. 

He llegado al final de mi relato y mi única recomendación para ti mi querido lector, es que a veces la vida nos pone en posiciones diferentes y muy complejas, la única solución para vivir bien, es acostumbrarse lo más rápido posible a los cambios y a los giros inexplicables que da la vida. Nunca nada estará bien, siempre hay caos, siempre hay problemas, no necesitas tener todo arreglado por qué la vida es así. Cuando arreglas algo surge inmediatamente otro problema y si te pasas toda tu vida tratando de que todo sea perfecto, jamás serás feliz, por qué simplemente así son las cosas. Es un desorden, nada está como piensas que debe estar. Aceptar el desorden de tu mundo y vivir con eso, es lo mejor que puedes hacer en los peores momentos. Si quieres algo lucha muy fuerte para conseguirlo, disfruta de cada proceso y recuerda, "Si el mundo no te acompaña, cambia tú mundo".

Comentarios

  1. ❁"Mí familia materna", "mí" es sin tilde.
    ❁"Hacía el cielo" y "hacía casa de los abuelos", "hacía" va sin tilde.
    ❁"You Tube" se escribe junto.
    ❁"Maestra ya que" y "mi abuelita ya que", la coma debe hacerse presente antes de "ya que".
    ❁"El sabia como acercarse" y "El me dijo que hasta las ocho", "el" va con tilde.
    ❁"Hasta que él día 14 de febrero", "él" es sin tilde.
    ❁"Se que ella es feliz", "se" va con tilde.
    ❁"No soy claustrofóbica pero", la coma debe hacerse presente antes del "pero"
    ❁"Me llene de energía", "llene" va con tilde.
    ❁"¡Es hora chicos!", la coma debe hacerse presente antes del "chicos".
    ❁"tape" lleva tilde.
    ❁"marque" lleva tilde.
    Tu puntuación es más errónea en el uso de comas para separar tus ideas.
    Tu redacción es buena.
    Tienes errores de acentuación.
    Cumples con algunas de tus metas.

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